Hay momentos en que nos sentimos atascados: un proyecto que no avanza o que no sabemos ni por dónde empezar, una decisión que no terminamos de tomar, un problema al que llevamos semanas dándole vueltas. Pensamos, probamos, insistimos… pero nada cambia. Ante esto, muchos recomiendan la práctica de manifestar lo que deseas. Otros aconsejan directamente orarle a Dios, y no faltan quienes proponen sesiones de coaching. Para lograr lo que te propones, el secreto es que conectes con tu esencia. Y para eso es necesaria la práctica de la presencia activa.
A continuación, te propongo una serie de pasos para que puedas practicarla.
Busca un espacio para ti, un lugar silencioso, para tener una cita contigo (con la parte más clara, consciente y real que hay en ti). Invoca tu presencia, no porque no esté, sino porque es necesario que la reconozcas y la lleves a un primer plano de tu atención. Sentirla es la clave. Apoyándonos en la sensación de ser, abrimos este espacio que se da cuenta de la experiencia.
La adviertes y la tienes presente. A partir de ahí notas cómo se va disolviendo el miedo a equivocarte, la necesidad de controlar el resultado o de que se cumplan determinadas expectativas. Desde esa conexión directa con la sensación de ser, escribe en un papel con claridad cuál es la situación que necesita resolverse o cuál es el proyecto que deseas sacar adelante.
Y ahora relee en voz alta lo que has escrito y siente cómo te escuchas. ¿Cuál es el problema que hay que resolver? Se lo estás mostrando a esa presencia consciente que hay en ti, el mejor maestro, el mejor coach posible. Y te preguntas: ¿estoy haciendo realmente todo lo que está en mi mano? ¿Hay alguna conversación pendiente, alguna acción que sigo evitando, algo que sé que debería hacer pero todavía no me atrevo a afrontar?
Desde ese espacio de presencia aparece con frecuencia una claridad en la que se ve cuál es la acción a tomar o cuál es la resistencia que hay que vencer. A veces es la evidencia de aquello que ya estaba delante de nosotros, pero que no queríamos ver. Y es precisamente esa claridad la que despierta el propósito, el foco y la motivación necesaria para actuar.
Pero si compruebas que has hecho todo lo que está en tu mano y, aun así, no sabes cuál debería ser el siguiente paso para resolver el problema o sacar adelante el proyecto, entramos en la fase de la oración. Vamos a permanecer en esa presencia y a abrirnos a algo superior, a algo que conecta con la vida, con la totalidad. No será una oración nacida de la carencia, del miedo o de la desesperación porque las cosas no suceden como queremos. Tampoco vamos a pedir que desaparezcan las dificultades.
En vez de enfocarnos en que el problema desaparezca, vamos a enfocarnos en los beneficios de que se resuelva: por qué es bueno que suceda, a quién beneficia y de qué manera. Dejamos de preguntarnos cómo consigo lo que quiero para empezar a preguntarnos qué bien puede traer esto si llega a realizarse. Es decir, nos conectamos con algo superior para servir a un propósito que va más allá de nosotros mismos. ¿Cómo mejora mi vida y la vida de los demás si esto se resuelve?
Y aquí está otra de las claves: cuando el propósito deja de girar exclusivamente alrededor del yo y se pone al servicio de algo más grande, la petición deja de ser una exigencia y se convierte en una colaboración con la vida. En un servir a la vida, en un ofrecernos como instrumento para servir, en lugar de pretender que la vida sirva para satisfacer nuestros caprichos y reforzar una falsa imagen de nosotros mismos.
Desde este espacio podrías decir hacia dentro algo como: «Si existe una forma mejor de llevar esto a cabo, muéstramela. Si hay algo que todavía no estoy viendo, permíteme verlo. Si necesito ayuda, ayúdame. Que este proyecto encuentre el mejor camino para el bien de todos».
Este es el corazón de la manifestación. Lo que comparten estas prácticas no es una fórmula para conseguir deseos, sino una forma de reconocer que la fuerza que verdaderamente mueve las cosas no nace de nosotros como una entidad separada, sino de la conexión con algo mayor cuando existe claridad y un propósito genuino de servir.
Manifestar no es imponer nuestros deseos a la vida y orar no es delegar nuestra responsabilidad. Lo importante es conectar con lo esencial, invocar nuestra presencia y dejarla al mando para que nos guíe. Nos escuchamos con honestidad, vemos con claridad la situación, vencemos aquellas resistencias que nos impiden tomar la acción adecuada.
A partir de aquí confiamos en la vida y dejamos la solución en sus manos, sin darle más vueltas. Y quizá un día, mientras te duchas o das un paseo, de repente te sorprenda una intuición clara de qué hacer o una idea alternativa de por dónde seguir. O quizá aparezca una oportunidad inesperada que encaja con aquello que querías desarrollar.
Te invito a que pruebes estos pasos. Si tienes ahora mismo un proyecto atascado, estás frente a un nuevo cambio de vida o simplemente necesitas claridad: invoca tu esencia, busca un momento de silencio y conecta con esa presencia sencilla que hay en ti. Desde ahí, escribe con claridad cuál es el problema que quieres resolver. Revisa después, desde esa misma esencia, si queda algo por hacer: alguna acción que todavía evitas, algún defecto, alguna resistencia. Y si no queda nada más por hacer, entrégalo desde ahí, poniendo el foco en los beneficios, y sobre todo en la utilidad y el servicio que esto puede aportar a los demás. Pruébalo con sinceridad y observa qué ocurre. Tu esencia está siempre a tu disposición: advertirla hace posible todo lo demás.
Más sobre el autor:
Jordi Casals
Libros recomendados
Si este texto te ha resonado, te ha parecido interesante y quieres seguir profundizando en lo que significa invocar tu presencia, conectar con tu esencia y aprender a vivir desde ahí, te recomiendo estas dos lecturas (puedes pinchar para descargar).
Vivir sin cabeza, de Douglas Harding
Este libro nos invita, de un modo sorprendentemente directo, a girar la mirada 180 grados hacia nosotros mismos y comprobar qué encontramos ahí. El autor se da cuenta de que no puede ver su propia cabeza (sin la ayuda de un espejo), en cambio, donde se supone que debe estar la cabeza se da cuenta de que aparece el mundo entero que percibe. Propone una serie de experimentos para corroborar por nosotros mismos la experiencia de no tener cabeza, que guarda relación con reconocer nuestra esencia, con sentir nuestra presencia.
El recuerdo de sí, de Robert Earl Burton
Si Vivir sin cabeza nos ayuda a reconocer ese espacio abierto y consciente que somos, El recuerdo de sí nos propone algo fundamental: recordarlo mientras vivimos, es decir, mantener esa toma de conciencia en todo momento y situación. Este reconocimiento es la base de la espiritualidad, favoreciendo y facilitando todo lo demás, permitiéndonos transitar el camino desde ahí. Se trata de estar presentes en lo que sucede y, al mismo tiempo, no olvidarnos de nosotros mismos como presencia.
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