El servicio puede ser una actividad que alimenta al ego o una práctica espiritual que nos ayuda a reconocer cómo funciona en nosotros. Aunque el ego no puede observarse directamente, podemos aprender a reconocerlo por sus efectos. Para ello, el servicio nos ofrece un contexto ideal: unas pautas y responsabilidades concretas que nos permiten advertir nuestras resistencias ante la tarea encomendada.
Cuando nos encomiendan un servicio, puede surgir una resistencia en nosotros y, si nos identificamos con ella, tendemos a situar toda la causa de nuestro malestar fuera de nosotros: en la tarea que nos han encomendado, en quien nos la ha pedido o en las circunstancias en las que tenemos que realizarla. Servimos entonces desde el ego, reforzando la sensación de separación. Sin embargo, también podemos detenernos y observar qué se mueve en nuestro interior. Al reconocer la resistencia como un movimiento interno de cierre, aparece la posibilidad de no identificarnos con nuestra primera reacción y responder a la situación con una mayor disponibilidad. Es entonces cuando el servicio comienza a actuar como práctica espiritual, favoreciendo en nosotros un movimiento de apertura.
Las tareas, por sí solas, no implican que el servicio esté actuando como práctica espiritual. Alguien puede apuntarse a una ONG o hacer voluntariado en Cáritas y reforzar, sin saberlo, la sensación de separación: la autoimagen de «soy una persona generosa» puede convertirse en otra forma de alimentar el ego y cerrar el corazón.
Cuando alguien siente haber recibido algo de mucho valor en un centro de meditación y guía espiritual, puede nacer en esa persona una gratitud genuina que la mueva a querer contribuir con ese grupo. Esa gratitud ya es un primer paso hacia una mayor disponibilidad y apertura. Pero colaborar y servir no siempre son lo mismo. Podemos colaborar con una actividad u organización limitándonos a aportar nuestro tiempo y energía en aquello que nos gusta o se nos da bien. Ahí encontramos una trampa del ego: una oportunidad para desidentificarnos puede terminar reforzando una nueva identidad, «soy imprescindible», «nadie se compromete tanto como yo», «sin mí esto no funcionaría». La identificación sigue intacta; simplemente ha adoptado una apariencia espiritual.
El servicio, entendido como práctica espiritual, nos invita a no dejarnos gobernar únicamente por nuestros gustos y preferencias. Podemos disfrutar de una tarea y poner en ella nuestras capacidades, pero también aprender a sostener una función cuando no coincide con lo que nos apetece. Así se crea un contexto de autoobservación que nos permite descubrir cuándo estamos disponibles y cuándo nos cerramos.
Desde esta perspectiva, dentro de una escuela de meditación todas las funciones son igualmente valiosas como oportunidades de práctica: colocar los cojines, doblar las mantas, limpiar la sala, diseñar la página web, llevar las redes o coordinar un retiro. Cada una nos ofrece unas pautas y un marco al que ceñirnos y desde el que observar nuestras resistencias. Servir mejor no consiste en hacer más cosas, sino en atender con presencia y responsabilidad la función que hemos asumido.
Cuando la tarea que nos toca no es la que habríamos elegido o cuando se nos pide algo que nos incomoda, aparecen pensamientos como «esto no me corresponde», «¿por qué tengo que hacerlo yo?» o «yo lo haría de otra manera». No necesitamos luchar contra esos pensamientos ni sentirnos culpables. Podemos escucharlos sin darles inmediatamente la razón y observar qué puede haber detrás: necesidad de reconocimiento, miedo o apego a nuestra manera de hacer las cosas.
Cuando servimos desde el ego, vivimos el servicio como un acto de dar. Tenemos algo y se lo entregamos a otro: nuestro tiempo, nuestra atención, nuestro esfuerzo. Esta percepción puede ir acompañada de una sensación de sacrificio o de mérito, de una expectativa de reconocimiento o de la idea de que el otro queda en deuda con nosotros. Aparece entonces el pensamiento: «Yo he hecho esto por ti». Podemos advertirlo especialmente cuando nuestra ayuda no es reconocida, no es aceptada o no produce el resultado que esperábamos.
Al vivir el servicio como práctica espiritual, descubrimos que servir es recibir. La situación nos ofrece una oportunidad para observarnos, salir de nuestros automatismos y descubrir dónde seguimos cerrados. Aquello a lo que servimos empieza a servirnos, y comenzamos a reconocer todo lo que recibimos. La paradoja es que, cuanto menos buscamos obtener validación a través de la tarea, más espacio se abre para la presencia, la comprensión y la conexión. Lo que recibimos nace entonces del modo en que servimos.
Con el servicio ocurre algo parecido a lo que sucede con la meditación. Al principio necesitamos una práctica formal: nos sentamos, cerramos los ojos, prestamos atención y llamamos a eso meditar. Pero la meditación madura cuando sale de la sala y se convierte en una manera de vivir. A medida que esa atención se extiende al trabajo, a nuestras relaciones y a las pequeñas situaciones cotidianas, deja de haber una frontera clara entre meditar y vivir.
Con el servicio sucede lo mismo: primero lo practicamos, le dedicamos unas horas, asumimos una función y observamos nuestras resistencias. Después, a medida que la práctica madura, simplemente vivimos sirviendo. En el trabajo, en la familia y en nuestras relaciones, cada función nos ofrece también un marco concreto: atender lo que nos corresponde, sostener las responsabilidades que hemos asumido y observar las resistencias que aparecen.
Y ahí el servicio deja incluso de sentirse como servicio. Ya no sentimos que estemos haciendo algo por alguien: hay una situación, una necesidad y una respuesta que surge de manera natural. Menos cálculo, menos apropiación y menos resistencia.
Al principio, creemos que servir es dar. Después, descubrimos que también es recibir. Y, en última instancia, la distinción entre quien da y quien recibe comienza a desvanecerse: la vida sirve a la vida a través de nosotros.
Más sobre el autor:
Jordi Casals
Libros recomendados
Para quien quiera seguir explorando el servicio como práctica de atención y autoconocimiento, cuatro lecturas que pueden resultar de interés.
Diario de un alumno — C. S. Nott
El relato directo de un alumno de Gurdjieff y de su participación en el trabajo de la escuela. Muestra cómo tareas aparentemente ordinarias, como trabajar, cocinar, construir o servir a otros, se convertían en ejercicios de atención y autoconocimiento. Puede ayudarnos a ver, en situaciones muy concretas, cómo el servicio actúa como práctica espiritual.
Un corazón sin medida — Ravi Ravindra
Nacido de los encuentros de Ravindra con Jeanne de Salzmann, explora la atención, la presencia y la observación de uno mismo en medio de la vida cotidiana. Ayuda a profundizar en la idea de que cualquier situación, también el servicio y las resistencias que despierta, puede convertirse en una ocasión de conocimiento interior.
Fragmentos de una enseñanza desconocida — P. D. Ouspensky
La exposición clásica de las enseñanzas del cuarto camino. Parte de la idea de que vivimos gran parte de nuestra vida de manera automática, identificados con nuestros pensamientos, emociones y reacciones, y propone aprender a observar esos mecanismos. Es el fundamento de la observación de las resistencias que aquí describimos.
Bhagavad Gita — Anónimo
Uno de los textos fundamentales de la tradición espiritual de la India. A través del diálogo entre Krishna y Arjuna aborda la acción, el deber, el deseo y la libertad interior. Su enseñanza del karma yoga, actuar plenamente sin apego a los frutos de la acción, es una de las aproximaciones clásicas más profundas al servicio como camino espiritual.
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