Desde pequeño he tenido la sensación de estar bendecido. Cuando deseaba algo, de una forma u otra, acababa apareciendo la oportunidad o surgía una idea que me indicaba hacia dónde ir. Y si me metía en algún lío, siempre encontraba una salida, a menudo en el último minuto. Todo me salía bien. Mi padre decía que yo había nacido con una flor en el culo, porque siempre caía de pie. Durante mucho tiempo pensé que simplemente tenía suerte, pero con los años he ido descubriendo que detrás de esa aparente suerte hay una forma de inteligencia de la que brotan cualidades como la confianza, la positividad y el contento interior. A esa inteligencia la llamo intuición. Y de eso va esto, de cómo reconocerla y tener cada vez mayor acceso a ella.
Todos disponemos de dos mentes, la asociativa y la intuitiva. La mente asociativa es esa que se pasa el día parloteando y dándole vueltas a todo. Piensa, compara, recuerda, anticipa y trata de resolver las cosas con la información que ya conoce. Por otro lado, la mente intuitiva es una inteligencia de fondo, silenciosa y que no necesita razonar para llegar a una conclusión. Cuando conectamos con ella, sencillamente sabemos qué hacer. Aparece una respuesta fresca, creativa y práctica sin que sepamos de dónde ha salido. No se trata de dejar de pensar, sino de dejar de pensar desde la carencia. El acceso a esta segunda inteligencia es la auténtica bendición, y no depende de un don, sino de aprender a dejarle espacio, reconocerla y confiar en ella.
En realidad, ya la conocemos, aunque quizá nunca la hayamos llamado intuición. A veces llevamos horas intentando resolver un problema, dejamos de pensar en él, dormimos y, al día siguiente, mientras nos duchamos, aparece de repente la solución. Sin asistir al proceso, recibimos el resultado. Algo parecido sucede cuando conducimos absortos en el parloteo y llegamos al destino sin apenas recordar el trayecto. Mientras estábamos ausentes, algo seguía conduciendo, frenando, girando y respondiendo a lo que sucedía. Nuestra inteligencia no se limita a esa pequeña parte que piensa y trata de controlarlo todo.
Conviene, eso sí, no confundirla con cualquier corazonada. Si te llega un burofax y, antes de abrirlo, tienes el pálpito de que es una demanda, podrías pensar que es intuición, pero lo más probable es que sea la mente asociativa, que parte del miedo, conecta ese sobre con lo peor que conoce y lo presenta como una certeza. Ese miedo se nota en el cuerpo, que se tensa, se encoge y respira peor, algo que desarrollo en el artículo Preocuparse no es amar. La intuición suele llegar de otra manera. No trae angustia sino una claridad serena, la sensación de que, sea lo que sea, podremos afrontarlo. Y cuando llega el momento de actuar, aparece el clic, la idea o la persona que nos muestra el siguiente paso. La intuición no adivina lo que va a pasar, sino que responde a lo que está pasando.
Más que perseguir la intuición, podemos aprender a reconocer desde qué mente estamos viviendo, porque cada una deja sus huellas. De la inteligencia intuitiva emana confianza, la sensación de estar en buenas manos, aunque no sepamos cómo acabará algo. Emana también una positividad que no es forzada, una tendencia natural a ver lo bueno de cada situación en lugar de lo que le falta, como cuento en El milagro de ver lo bueno. Y emana un contento interior, estar a gusto sin necesidad de que nada cambie. Hasta la motivación es distinta. Mientras que desde esta mente intuitiva nos mueve el entusiasmo, desde la mente asociativa nos mueve la sensación constante de llenar un vacío, buscar fuera algo que nos complete.
Cuando lo que aparece es desconfianza, queja o esa sensación de que siempre falta algo, es la mente asociativa la que manda. Si nuestra atención está siempre ocupada por esa mente, resulta muy difícil escuchar algo que funciona de una manera completamente distinta. Por eso la meditación es una extraordinaria puerta hacia la intuición. No porque produzca respuestas mágicas, sino porque nos ayuda a retirar la atención del ruido que nos impide oírlas. Hay una forma sencilla de comprobarlo en el propio cuerpo. Al observar la respiración, solemos sentir el impulso de controlarla, de coger el volante, y justo entonces respiramos peor. Con la práctica, aprendemos a observar sin intervenir y descubrimos que el cuerpo respira solo, y que lo hace mejor, con exhalaciones más largas y tranquilas. Es la misma inteligencia que actúa cuando dejamos de interferir.
Pero hay algo todavía más importante, y es que la intuición se fortalece cuando confiamos en ella. Cada vez que aparece una señal clara y decidimos seguirla, aprendemos a reconocer mejor ese lenguaje. En cambio, cuando sometemos cada intuición al interrogatorio de la mente asociativa hasta neutralizarla, terminamos dependiendo del pensamiento asociativo para cualquier decisión. Se produce así un círculo virtuoso. Cuanto más confío, más escucho. A su vez, cuanto más escucho, más experimento. Y cuanto más experimento, más confío. Y con el tiempo aparece otra cualidad, la fe. Sabemos algo sin saber por qué lo sabemos. No podemos demostrarlo, pero lo vemos con claridad. La intuición no añade información nueva, sino que ilumina lo que antes no éramos capaces de ver, y eso cambia nuestra manera de decidir.
Podríamos imaginar la mente intuitiva como una especie de ChatGPT interior, con la diferencia de que no es artificial ni está fuera de nosotros. Resulta curioso que consultemos sin descanso a las inteligencias artificiales de fuera y casi nunca escuchemos la que traemos de serie. Y cuando por fin nos ofrece una respuesta, nos apresuramos a preguntarle a nuestro miedo qué opina. ¿Qué hacemos, entonces, cuando lo que sentimos profundamente choca con lo que la mente intenta controlar?
La respuesta tiene que ver con nuestra relación con la confianza. Cuando desconfiamos de la vida, necesitamos calcular, anticipar y controlar, y la mente asociativa intenta prever un futuro que no puede conocer. Por eso, acumula información, conocimientos y respuestas, e incluso construye nuestra identidad sobre lo que sabemos. El problema es necesitar saberlo todo para sentirnos seguros. Cuando confiamos, en cambio, podemos permitirnos no saber y permanecer en ese espacio abierto hasta que aparezca la siguiente respuesta. El movimiento ya no es acumular, sino vaciarnos, aligerarnos para dejar espacio.
Si quieres empezar a practicarlo, te propongo algo sencillo. La próxima vez que tengas una decisión o un problema atascado, busca unos minutos de silencio, siente el cuerpo y deja que la respiración se asiente sola. Desde ahí, escribe con claridad qué necesitas resolver y pregúntate si queda algo en tu mano que estés evitando. Si lo hay, hazlo y, si no, suéltalo y confía, sin darle más vueltas. Muchas veces la respuesta llegará cuando menos lo esperes, mientras caminas o preparas la comida. Explico estos pasos con detalle en Cómo lograr lo que te propones.
Aquella sensación que tenía de niño, la de poseer una especie de superpoder, quizá no estuviera tan equivocada. Mi error era creerme especial, como si me hubiera tocado solo a mí. Los niños pequeños viven con una confianza natural en la vida, y esa confianza no se pierde, solo se cubre. La verdadera bendición no consiste en que la vida siempre nos dé lo que queremos, sino en descubrir que no necesitamos controlarlo todo para saber cuál es el siguiente paso. Puede que mi padre tuviera razón y que yo tenga una flor en el culo. De hecho, así me siento. Pero cada vez estoy más convencido de que todos nacemos con una.
Más sobre el autor:
Jordi Casals
Libros para profundizar (link para leer)
Si te interesa seguir explorando la intuición, el silencio y la posibilidad de vivir sin necesitar controlarlo todo, estas lecturas ofrecen perspectivas distintas:
- Meditación auténtica, de Adyashanti. Una invitación a meditar sin controlar la experiencia, dejando espacio a una comprensión que no viene del pensamiento.
- Iluminación para gente perezosa, de Paul Smit. Una aproximación sencilla y con humor a la no dualidad, que nos recuerda que lo que buscamos ya está aquí.
Otros artículos de interés:
- No saben lo que hacen – Y tú tampoco
- El cambio de perspectiva para la transformación espiritual
- Meditar es ver las cosas como son
- La meditación no despierta, la bofetada sí
- Despertar no basta
Más artículos en:
NoDualidad.info
SaludTerapia.com
EspiritualidadPamplona-Irunea.org
Si te interesa descubrir cómo acompañamos a cada persona en el Centro Aruna, puedes asomarte a nuestras sesiones de reflexología podal, terapia craneosacral, osteopatía biodinámica y a los espacios de meditación que abrimos cada semana.
Datelobueno.com
Descubre más desde Centro Aruna · Vigo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


Deja un comentario