Justo antes de empezar una sesión en el Centro Aruna de Vigo, le pregunté a Diana si estaba meditando. Ella estaba quieta, atenta, y pensó que le preguntaba por lo que hacía en ese momento. Me respondió que no, que estaba escuchando. Quería saber si practicaba en casa, pero después vi que no había diferencia. Si realmente estaba escuchando, estaba meditando. Porque meditar es escuchar.
Normalmente no escuchamos al otro porque en realidad no estamos con él. Estamos con la imagen que hemos construido de él a lo largo del tiempo: lo que sabemos de su historia, lo que nos hizo o nos dijo, el afecto o el rechazo que despertó en nosotros, los prejuicios que heredamos o simplemente los rumores que circulan. Todo eso se activa antes de que el otro abra la boca. Y entonces lo que dice no aterriza en un espacio abierto, sino en un archivo ya organizado.
Ocurre sobre todo cuando el tema nos resulta familiar. Si alguien empieza a hablar de un tema que nos suena, de una relación difícil o de algo que ya hemos vivido, la mente activa lo que recuerda y deja de escuchar lo que realmente se está diciendo. Y en ese momento el diálogo se vuelve automático: dos memorias hablando entre sí, sin que haya nadie realmente escuchando.
Lo mismo ocurre con el cuerpo. Desde pequeños, las personas que nos rodeaban vivían identificadas con el suyo y nos transmitieron esa misma creencia sin cuestionarla nunca. Hemos construido una imagen de cómo somos, qué sentimos, qué nos pasa, y esa imagen se interpone entre nosotros y la experiencia viva del cuerpo en cada momento.
Por eso, antes de escuchar al otro (o a nuestro cuerpo al sentarnos a meditar) tiene sentido hacer un reset. No es borrar lo que sabemos ni fingir que no hay historia, es soltar por un momento la certeza de que ya sabemos. Dejar que el archivo quede en segundo plano y recibir lo que llega como si fuera la primera vez. Esto cambia completamente la calidad de la escucha.
Cuando escuchamos con actitud meditativa, la atención sale del pensamiento y se posa en las palabras del otro. Luego algo se amplía: sin dejar de escuchar, empiezas a notar lo que ocurre en ti, las sensaciones que sus palabras despiertan en el cuerpo. Y en un momento dado, tanto lo que dice el otro como lo que ocurre dentro aparecen en el mismo espacio. Un espacio que nos une y que, al mismo tiempo, no pertenece a ninguno de los dos. Esa misma calidad de atención es la que aparece en la meditación. Escucharte y escuchar al otro no son prácticas distintas. Son el mismo movimiento que va de la mente a la presencia.
Escuchar de verdad a otra persona silencia durante unos instantes la charla mental y abre espacio. La atención deja de estar atrapada en el diálogo interno y se desplaza hacia la experiencia directa: las palabras del otro, sus gestos, su tono y la forma en que todo eso aparece dentro de nosotros.
Si podemos observar el impulso de interrumpir en cuanto creemos que ya sabemos adónde va el otro, aparece un espacio nuevo. Seguimos escuchando sus palabras y, al mismo tiempo, observamos nuestras reacciones, las sensaciones y el movimiento interno que se activa. La escucha deja al descubierto la necesidad constante de la mente de comentar, corregir y juzgar. Y cuando llega nuestro turno de responder, la escucha continúa. La atención permanece también mientras hablamos. Nos escuchamos hablando.
Cuando alguien habla y tú estás ahí, sin preparar tu respuesta, sin interpretar y sin adelantarte, la mente se aquieta de forma natural. Hay espacio. Algo en ti deja de estar tan encerrado en sí mismo. Ese espacio aparece cuando desaparece toda agenda y dejamos de esperar algo del momento.
Cuando nos sentamos a meditar de un modo más formal también nos sentamos a escuchar a otro, solo que ese otro al que atendemos es el cuerpo. Para atender al cuerpo necesitas distancia. No puedes ver una pared si estás pegado a ella, y lo mismo ocurre aquí: no se trata de separarte del cuerpo, sino de dejar de confundirte con él.
En la meditación tratamos al cuerpo como a un amigo al que le das la palabra sin interrumpirlo, sin corregirlo y sin apresurarte a resolver lo que dice. La escucha no es una búsqueda, es una recepción. Una apertura sin preferencia. Cuando permaneces así, lo que antes parecía tan sólido y tan tuyo empieza a percibirse de otra forma. Las sensaciones aparecen y desaparecen. Hay más espacio en ellas y alrededor de ellas.
Meditar no es alcanzar un estado especial, sino aprender a escuchar lo que ya está aquí. Cuando esto se comprende, la meditación deja de ser algo reservado para ciertos momentos y empieza a formar parte de la vida cotidiana.
Muchas personas que vienen a nuestra sala de meditación en Vigo me dicen que no tienen tiempo para sentarse a meditar en casa. Pero cuando descubres que meditar es escuchar, el día entero se convierte en una sala de meditación.
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Jordi Casals
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Uno de los artículos más bonitos que le he leído a Jordi Casals. Profundo, humano y escrito con una sensibilidad especial. Una reflexión preciosa sobre la escucha, la presencia y la meditación en la vida cotidiana.🙏🏻💫🌟🌱