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Portada » Ser presencia no es estar presente

febrero 21, 2025 Por Jordi Casals 2 comentarios

Ser presencia no es estar presente

El verdadero salto al reconocimiento de ser presencia ocurre cuando dejamos de identificarnos con el cuerpo como punto de referencia. La mayoría de las personas que asisten a retiros de meditación o van a centros de yoga malinterpretan el concepto de estar presentes cuando leen a los maestros espirituales. Para ellos estar presente consiste en dejar de prestar atención al pensamiento y colocar la atención en las sensaciones corporales. Y aunque esto ayuda a romper la identificación con la mente, todavía nos mantiene en una ubicación concreta en el tiempo y el espacio, asociada a la identificación con el cuerpo. Es un primer paso, pero solo nos deja en la puerta de entrada. 

Como una invitación a estar más presentes, a menudo en estos círculos se propone vivir como si fuera el último día. Este enfoque intensifica las sensaciones corporales y ayuda a descartar preocupaciones banales, facilitando aprovechar el tiempo. Si bien permite priorizar lo esencial, también refuerza la idea de que somos un cuerpo ligado a una historia, anclándonos en la identidad personal. 

Pero si damos un giro a esta propuesta, cambiandola a vivir como si fuera el primer día, nuestra mirada se abriría aportando mayor claridad. Desde una perspectiva espiritual, el verdadero estado de presencia no nace de la urgencia por aprovechar el tiempo, sino de la apertura al instante como si la experiencia apareciera por primera vez. En este enfoque, no hay una historia que sostener ni un objetivo que alcanzar, solo curiosidad y descubrimiento. No es un esfuerzo por hacer, sino una disponibilidad a ver.

Vivir como si fuera el último día refuerza la identificación con el cuerpo y la creencia de que somos un organismo destinado a desaparecer. En cambio, vivir como si fuera el primer día nos abre a la posibilidad de no saber lo que somos, y desde ese espacio podemos descubrirnos como presencia consciente. 

Si observamos con atención, notamos que todas las sensaciones que conforman la idea de cuerpo y la idea del mundo aparecen en la misma conciencia. No podemos afirmar que unas nos pertenecen y otras no, porque todas surgen en el mismo espacio de percepción. Aparecen en nosotros y son percibidas por nosotros, revelando que somos percepción, es decir, presencia consciente. Al soltar la identificación con el cuerpo y la historia personal, descubrimos que la presencia no es algo que hacemos, sino lo que somos. 

Vivir como si fuera el último día nos mantiene anclados a la historia del cuerpo. Nos percibimos como un punto en el espacio, atrapados en una narrativa que avanza del nacimiento a la muerte. Desde esta perspectiva, la sensación de estar en un cuerpo se intensifica y refuerza la idea de una historia lineal.

Cuando vivimos como si fuera el primer día, nos damos cuenta de que no estamos fijados en ningún punto. No podemos localizar un yo estable sin notar que ese yo está siendo observado. Como el ojo que no puede verse a sí mismo, la conciencia no puede ubicarse dentro del espacio, porque no es un objeto en él, sino el espacio mismo.

Esta apertura deslocalizada disuelve el marco espacio-temporal y permite que la dimensión espiritual de la experiencia se revele. El presente deja de ser un instante en la línea del tiempo para convertirse en una realidad atemporal. No es un ahora entre un antes y un después, sino la presencia misma en la que todo aparece. La atemporalidad nos invita a observar la experiencia presente y descubrir que aquello que creíamos ser no tiene una existencia fija.

Si vivimos como si fuera el último día, la felicidad depende de alcanzar objetivos personales. La identidad se reafirma a través de lo que tenemos, logramos o experimentamos. En cambio, vivir como si fuera el primer día nos libera de la identidad personal. La felicidad es espiritual y no está condicionada por las circunstancias, porque no hay historia que sostener ni identidad que reafirmar. Al soltar la carga de imaginarnos como algo separado de la experiencia, el sentido de carencia desaparece y ya no necesita ser compensado con ningún cambio en la situación. 

Cuando nos liberamos de la voracidad de aprovechar el tiempo, nuestras motivaciones cambian. La búsqueda de metas pierde fuerza y nos abrimos a un espacio de presencia que es pura curiosidad. En lugar de estar presente como un esfuerzo por concentrarnos en el momento, surge una presencia espontánea. La experiencia ya no necesita ser manipulada ni interpretada. Es el asombro de descubrir lo que hay lo que sostiene la mirada. Aquí, la vida ocurre, pero no le sucede a alguien. Solo hay vida, solo hay presencia.

El error al hablar de estar presente es creer que entramos en el ahora, cuando en realidad, nunca hemos salido de él. No somos algo dentro del presente, somos presencia. Vivir como si fuera el primer día nos libera de la atadura del tiempo, de la carga de nuestra historia personal y de la creencia de ser una identidad separada. Nos lleva a reconocer una presencia que no es un estado mental, sino la esencia misma de nuestra existencia. Y en ese reconocimiento, no hay nada que buscar. Solo queda lo que siempre ha estado aquí: pura presencia.

 

Más sobre el autor:

Jordi Casals

 

 

Recomendación de la lectura Cuando todo se derrumba de Pema Chodron

 

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Publicado en: Meditación, Reflexiones, Uncategorized Etiquetado como: Despertar, Espiritual, Meditación, Reflexiones

Comentarios

  1. Basilia dice

    febrero 21, 2025 a las 19:30

    Es una reflexión muy interesante. Yo siento que eso no me libera de tener que hacer un acto de conciencia para lograr encontrarme en el primer o en el último día de mi vida. Y aunque hay un gran cambio de perspectiva sigue existiendo una proyección consciente que realizar. No sé si me siento identificada con ello.
    Un saludo.

    Responder
    • Jordi Casals dice

      febrero 22, 2025 a las 12:49

      Gracias, Basilia. La necesidad de liberarse surge de la identificación con el cuerpo. El artículo invita a corroborar que, sin esa identificación, se habita la atemporalidad de la presencia. El verdadero contrapunto entre el primer y el último día no está en proyectar “el primer día de la vida del cuerpo”, sino en darse cuenta de que todo aparece en la atemporalidad. No somos un “algo” atrapado en una historia que necesita liberarse, sino la presencia misma. Esta advertencia no surge del esfuerzo, sino de manera natural, al percibir —por contraste— la falta de claridad que implica imaginarse ligado a una historia

      Responder

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