Clara vio primero las migas en la encimera y, después, la sartén en el fregadero. La servilleta mal doblada. Había velas en la mesa y un ramo de rosas blancas en un jarrón nuevo. Olía a especias y, de fondo, sonaba una música suave, como de un restaurante caro. Raúl estaba de pie, con el delantal torcido y manchado, sonriendo. Sorpresa, dijo.
Clara se acercó. La sonrisa de Raúl parecía frágil, como si esperara su aprobación, por lo que ella dudó un segundo. La próxima vez podrías limpiar la encimera antes de sentarnos a cenar. Raúl parpadeó y su sonrisa se deshizo un poco.
Sin embargo, en ese instante a Clara se le encogió el pecho. Siempre hay un pero, pensó.
Se sentaron. Ella intentaba concentrarse en el sabor, pero los ojos se le iban a los restos de harina en la camisa de él. Una parte de sí quería agradecer el gesto, pero otra seguía señalando fallos, como un dedo automático que no podía detenerse. Comieron entre pocas palabras.
Después de cenar, Clara se quedó en la cocina y recogió los platos. Apoyó las manos en la encimera mientras el desorden la miraba, insistente. ¿No había también algo bonito en todo aquello?
Ella hubiera preferido una planta, que dura más, pero las rosas llenaban la sala de frescura. Raúl había pensado en traerle belleza, aun sabiendo que sería pasajera. Por qué esperaba siempre algo mejor. Por qué ese afán de corregir, de subrayar la mancha.
No era solo esta cena. Recordó otras noches, Raúl con entradas para el cine y ella contestando que prefería el ballet. Raúl con el desayuno en la cama y ella reprochando que el café estaba frío. Una lista interminable de peros que parecían salirle solos a borbotones, como si alguien hablara en su lugar.
No soy capaz de dejar de señalar lo que falla, pensó. Se sentó en el sofá y el aire se le quedó atascado en el pecho. Observaba cómo la tensión de la mandíbula le bajaba por el cuello. Se quedó un largo rato en silencio antes de acostarse.
A la mañana siguiente, despertó con aroma de café recién hecho. Raúl y su sonrisa mañanera aparecieron con la bandeja. Para ti.
La taza estaba demasiado llena. Había una mancha en la bandeja. Clara la vio de inmediato porque brillaba como un reto. También vio a Raúl, mirándola en silencio.
Tomó la taza. No era la mancha lo que le pesaba, sino esa costumbre suya de buscarlas todas. Tal vez no era él y había sido siempre ella. Gracias, amor. Qué bonito detalle.
Raúl sorprendido no dijo nada. Luego la besó con ternura.
Clara sostuvo la taza entre sus manos. Sopló la superficie humeante del café. Bebió despacio, saboreándolo. Disfrutando, por fin, de un instante sin peros.
Un solo error
Mi mirada siempre llegaba antes
como un guardián buscando fallos
antes de que existieran.
Pasé la vida revisando,
corrigiendo,
sospechando del mundo.
Un solo error
parecía borrar
todos mis aciertos.
La perfección fue mi refugio
y también mi condena.
Allí escondía el miedo
que me ataba sin descanso.
Dentro cargaba una ira fina,
apretada,
educada hasta la asfixia.
La llamaba responsabilidad.
Pero quemaba.
Creí que amar
era corregir.
Que vivir
era arreglar lo torcido.
Que la seguridad
nacía de tenerlo todo a raya.
Durante años
un juez vivió en mi cabeza.
Medía cada gesto,
marcaba cada duda.
Tachaba mis días
con tinta roja.
Pensé que la perfección
me salvaría.
Que afinando cada detalle
por fin sería suficiente
para amar
y para ser amado.
Hasta que un día
el cuerpo dijo basta.
El cansancio me abrió
por una costura antigua.
La mirada cedió.
El mundo dejó de temblar.
Apareció una quietud verdadera.
Solté la pluma del juicio.
Encendí una vela.
La luz no borró las sombras,
las mostró tal como eran,
humanas,
inofensivas.
Ahora doy las gracias
sin pasar lista.
Dejo que las cosas queden
torcidas, vivas,
respirando.
Aprendo cada día
que la paz nace del permiso,
de dejar ser.
Veo con claridad:
el mundo nunca estuvo roto,
eran mis ojos
buscando fallos
para no sentir.
Hoy miro de frente.
Respiro hondo.
Y la vida, por fin,
se me ofrece entera.
Más sobre el autor:
Jordi Casals
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Son textos ideales para leer uno al día, cómo piedras pequeñas que se quedan resonando como mantras.
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Escrito y poema profundamente honesto y valiente.
Expresa con delicadeza el tránsito del autocontrol rígido hacia la aceptación serena. Se siente la evolución emocional: del miedo a fallar al descubrimiento de que la vida —y uno mismo— son más hermosos cuando no se fuerzan a ser perfectos. Es íntimo, humano y lleno de verdad.
Muchas gracias, Jordi 🙏🏻
Gracias, Alicia. Me alegra que lo hayas sentido