La abundancia real empieza cuando dejas de huir.
Beatriz era considerada por su entorno una mujer exitosa. Tenía casas, títulos y acumulaba viajes cada año, pero cada nuevo logro le daba menos satisfacción y la alegría por lo conseguido le duraba menos tiempo. Siempre pensaba que en la consecución del siguiente objetivo encontraría la plenitud.
Existen dos tipos de abundancia, una falsa y una verdadera. La falsa se centra en cubrir la sensación de carencia con logros. Esa carencia nace de la creencia de que estamos separados de la vida y necesitamos completarnos. Cuando cumplimos un objetivo, el proceso mental que estaba enfocado en lograrlo se detiene y en esa pausa conectamos con la unidad esencial. Nos sentimos bien y malinterpretamos que es el objetivo logrado lo que nos da bienestar. Pero como seguimos creyendo que estamos separados, la necesidad de completarnos aparece de nuevo y, con ella, un nuevo objetivo que intentará cubrir ese vacío.
Tras esa pausa, que cada vez dura menos, aparece la desilusión. Y esa desilusión lleva a otra, y a otra. Esto que podría parecer negativo es algo positivo en el camino de descubrir qué somos. Ya que no hay autoconocimiento sin desilusión. Y lo que somos es paz, felicidad sin causa, plenitud. Entonces, ¿por qué nos sentimos tan a menudo vacíos, insatisfechos, frustrados? Porque aún no nos hemos desilusionado del todo: de la creencia de que somos algo separado. Vivimos atrapados en la ilusión esencial, la creencia de que la felicidad está afuera, en la próxima meta. Esa es la raíz del sentido de carencia. Por eso se puede decir que el camino de la verdad es una sucesión de desilusiones.
Beatriz aprendió las reglas del juego social, esas que dicen que eres más y mejor cuanto más tienes y más te admiran. Primero fue una alumna ejemplar en el colegio. Después vino el juego de la visibilidad: se convirtió en una médico estética de éxito, con miles de seguidores, frases motivacionales y fotos de chanclas frente al mar. Luego, el juego de la familia: pareja, boda, hijos. Todo impecable. Todo según el plan.
Y cuando esa plenitud prometida no llegó, empezó el juego espiritual. Cursos, técnicas, retiros, chamanes, ashrams en la India… Cada experiencia abría una nueva puerta que daba a otro pasillo. Cuantas más cosas experimentaba, más perdida se sentía. Pensaba que necesitaba adquirir más conocimientos, pero eso no le daba la realización que buscaba. Porque cada nueva conquista seguía partiendo del mismo lugar: el sentido de separación y carencia.
La abundancia real aparece cuando te detienes. Cuando dejas de correr casillas y escuchas el sentido de carencia que te ha movido hasta ahora. Y ahí, en ese instante mudo, ocurre el cambio. El punto de inflexión que te saca de los juegos ordinarios del éxito social, la fama, la riqueza y la familia… y te lanza al juego supremo del despertar.
No se trata de dejar de tener objetivos. No es malo perseguir metas. Lo que cambia es la motivación. Cuando nos desilusionamos de la creencia de que nuestra felicidad depende de lograr algo, empezamos a actuar desde otro lugar. Ya no hacemos las cosas para llenarnos. Las hacemos porque las disfrutamos. El objetivo se vuelve una preferencia, no una necesidad. La acción pierde peso, se vuelve más ligera, más lúdica. No es lo mismo moverse desde la carencia, que moverse desde la plenitud.
Por eso, una tarde en que Beatriz hojeaba por cuarta vez otro de sus libros subrayados sobre el secreto de la abundancia, se dio cuenta de que ya sabía toda la teoría, pero seguía sintiéndose vacía. Ese reconocimiento, duro y sincero, la rompió. Le hizo ver que, por más que repitiera afirmaciones o visualizara resultados, había una parte de ella que no podía llenar. Y ahí, en esa rendición, algo cambió. Su actitud pasó del orgullo a la humildad. Por fin estaba lista para escuchar de verdad.
Porque no era lo de fuera lo que dolía, sino lo de dentro, lo que no quería mirar. El ego sabe vestirse de evolución. Se cuela incluso en lo espiritual. Te convence de que necesitas más conexión, más vibración, más propósito. Desde la carencia, todo parece poco. Ahí lo entendió. Estaba atrapada en un engranaje sin fin que recompensa con ansiedad en lugar de con paz. Estaba agotada de girar en un tablero que no era suyo. Se sentía así porque no sabía quién era.
En ese momento, recordó que tenía el contacto de un terapeuta que le había recomendado una amiga meses atrás. Marcó el número sin pensar buscando un espacio donde parar, un espejo donde por fin verse reflejada. En la primera sesión, habló como si leyera su currículum. El terapeuta solo preguntó: ¿Puedes quedarte en pausa cinco minutos, sin hacer nada? Y dime: realmente, ¿qué es lo que te falta para ser feliz?
Beatriz no encontró nada, solo silencio. Ahí empezó su verdadero giro: de dejar de buscar, a empezar a escuchar. Esa simple pregunta la empujó, sin saberlo, a un nuevo umbral. A partir de ahí, comenzó a observar con creciente frecuencia la raíz de su sentido de carencia. Ya no se trataba de buscar más cosas, sino de mirar más profundo. El interés por descubrir esa verdad fue creciendo, como una semilla que ya no se puede ignorar. Y poco a poco, la observación se volvió prioritaria en su día a día.
Con esa práctica constante, algo inesperado comenzó a ocurrir. Su conciencia empezó a expandirse, y con ello, la experiencia del yo comenzó a perder su anclaje habitual. Ya no se sentía tan localizada en el cuerpo, como si el centro de gravedad del yo se deshiciera. Al principio, esa deslocalización la desconcertó porque era como flotar sin puntos de referencia.
Esa expansión sin centro la conectó con momentos de su infancia temprana, donde la separación entre ella y la vida aún no había tomado forma. Reconoció en ese estado la vivencia primigenia de unidad. Comprendió que la “localización” que siempre había creído natural, ser una persona, ser un cuerpo, ser alguien, era una construcción. Una superposición. Una especie de filtro mental que contrae el punto de vista y lo encapsula en la creencia de ser algo separado.
Beatriz no se volvió mística. Ni gurú. Ni cambió de nombre. Solo empezó a quedarse en la unidad y a experimentar desde una nueva perspectiva su cuerpo, su respiración y la incomodidad de no hacer. La meditación dejó de ser una técnica. Se volvió refugio. Su hogar. Ya no consistía en escapar de la mente, sino en estar en la experiencia. Y cuanto más se quedaba, menos faltaba.
Lo curioso es que, cuando soltó, empezaron a pasar cosas. Sin plan, sin tablero de visualización, pero con proyectos más alineados y relaciones más reales. Una sensación de estar sostenida por algo que no podía explicar. No porque hiciera más, sino porque ya no luchaba contra nada. El secreto no era manifestar, sino sintonizar.
Beatriz sigue teniendo lo mismo, pero ya no corre. No necesita impresionar a nadie ni comprobar si está “avanzando”. Respira más hondo. Fluye con la vida. Confía. Está. Y eso, en un mundo que corre como loco, es un acto radical. Porque la abundancia real no se acumula. Se encarna. No aparece cuando consigues más, sino cuando dejas de huir. Justo allí donde la percepción se da la vuelta, y el viejo tablero del tener cede al sutil arte de simplemente ser.
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Un día te das cuenta que la abundancia es un estado del ser y no acumulación externa de títulos y cosas… estamos en ese camino desde que nos topamos con tu blog allá por la pandemia. Gracias por compartirlo Vitto 💚
Gracias por tus palabras.
Sí… ese cambio de mirada cambia el juego.
Un placer acompañarte en el camino desde entonces.
Estamos juntos.
Abrazo grande.
Estimula la contemplación, barre el camino hacia la iluminación interior.
Luego, somos mejores seres, intentando trabajar desde dentro hacia afuera. GRATITUD ETERNA, DE ALMA A ALMA.
Gracias de corazón, Caro. Hermoso lo que compartes, de dentro hacia afuera es el verdadero camino. Un cálido abrazo