Cuando se habla del ego, suele imaginarse como un personaje interno que controla, sabotea o dirige la vida. Pero, al observar con atención, no encontramos a nadie dentro tomando nuestras decisiones. Tras cualquier pensamiento aparece la convicción de “esto soy yo”. Ese gesto de apropiación se repite tantas veces que acaba creando la impresión de un yo sólido detrás de todo lo que se piensa, se siente y se hace. El ego es, en esencia, esa apropiación constante de la experiencia. Desde ahí se despliega un patrón automático de funcionamiento.
La infancia aporta el material con el que ese patrón toma forma. El cuerpo reacciona a elogios, críticas o comparaciones con pequeñas contracciones en el pecho, la garganta o el estómago. Esas sensaciones se asocian a mensajes simples: “sé bueno”, “hazlo bien”, “qué inteligente eres”. Con el tiempo, todo eso se organiza como una autoimagen que da continuidad a la idea de “yo”.
Para sostenerse, el ego necesita movimiento: buscar, evitar, mejorar, justificarse, defenderse. Su combustible es la fricción interna: lo que surge de forma espontánea entra en conflicto con lo que creemos que debería surgir. Esa tensión activa la necesidad de control y convierte cada emoción en un asunto personal. Mientras ese movimiento se sienta imprescindible para sobrevivir, protegerse y funcionar, el patrón sigue vivo.
Vivir desde ahí es vivir en contracción. El pecho se cierra. El estómago se tensa. La mente compara sin descanso: “¿qué pensarán?”, “¿encajo?”, “¿estoy quedando bien?”. Todo se evalúa. Todo se transforma en historia personal. Basta un comentario neutro en una reunión para que aparezca un cierre interno y la mente empiece a construir significado. La experiencia cambia en el mismo instante en que se interpreta como un reflejo de “mí”.
En una discusión de pareja, por ejemplo, basta una frase incómoda para que aparezca calor en la cara y un pensamiento automático: “me está atacando”. Puede surgir un silencio brusco o una respuesta acelerada. Cuando hay apropiación, la reacción se encadena y el conflicto crece.
Este modo de vivir es una lucha continua: conmigo, con los demás, con lo que ocurre. La energía se consume sosteniendo una imagen que nunca termina de sentirse estable. La vida se vive como una carrera hacia un lugar imaginario donde, por fin, la tensión desaparecerá. Un lugar que nunca llega. Esa búsqueda agota.
Cuando la atención reconoce el gesto de apropiación (ese instante exacto en el que algo pasa a sentirse como “mío”), el patrón empieza a perder fuerza. No hace falta intervenir ni corregir nada. Basta con ver ese movimiento en el momento en que se activa. Al ser visto, pierde urgencia. El cuerpo afloja su reacción automática. El pensamiento deja de encadenarse. La emoción se expresa de manera más genuina. La experiencia se presenta más desnuda, más directa. Y la vida sigue funcionando con una naturalidad que sorprende.
En el mismo ejemplo de discusión de pareja, cuando el gesto se reconoce en directo, aparece otra posibilidad: la emoción se siente con claridad, la conversación continúa desde la escucha y la historia personal deja de invadir la experiencia. La misma escena puede tener dos vidas distintas según desde dónde se sostenga, desde el patrón llamado ego o desde la presencia.
Esta transición se vive como una oscilación. Hay momentos de claridad en los que el patrón desaparece y otros en los que reaparece con fuerza, sobre todo en situaciones familiares o de presión emocional. Esta alternancia es parte del proceso. La madurez consiste en verlo sin dramatizar y en permitir que la claridad vaya ganando continuidad. Cada reconocimiento afina la percepción y debilita el hábito.
Vivir sin ego no consiste en suprimir pensamientos o emociones, sino en vivir sin división interna. Cuando no hay apropiación, las emociones se despliegan sin cargar con narrativa personal. Los pensamientos aparecen como fenómenos pasajeros. El cuerpo responde de forma más adecuada a cada situación. La acción se vuelve directa porque ya no tiene que atravesar el filtro de la autoimagen. Lo que hay que hacer se vuelve evidente y se cumple con menor interferencia. Así, la relación con los demás se expresa entonces de un modo más honesto y gratificante.
Desde esta presencia la vida deja de percibirse como conflictiva, las situaciones se viven con menos drama, lo que nos permite sentirnos más frescos y vitales. Lo que antes parecía un problema se expresa y se integra. Es la base que emerge cuando la experiencia deja de empujar hacia una identidad.
Cuando el patrón de apropiación pierde protagonismo, queda un modo de estar más amplio y relajado. La vida se mueve sola y cada situación encuentra su lugar sin tanto desgaste. En esa disponibilidad se puede habitar sin tensión, sin máscaras y sin la urgencia de ser alguien concreto. Es un descanso profundo. Es la forma natural de vivir cuando deja de sostenerse la ficción de un yo separado.
Más sobre el autor:
Jordi Casals
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Si este artículo te a parecido interesante, estos dos libros amplían y acompañan está misma comprensión desde dos direcciones complementarias:
– Antes de Yo Soy, de Mooji — Para reconocer de forma directa lo que ya eres más allá del patrón llamado ego.
Antes de yo soy - Mooji
– El Eterno Presente, de Sesha — Para integrar esa comprensión en la acción cotidiana, permitiendo que la vida se exprese sin dividirse en “espiritual” y “normal”.
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Hola Jordi, muchas gracias por compartirlo. Es un tesoro para disfrutar esta primavera. Saludos desde Córdoba Argentina
Gracias a ti. Viva la primavera. Un abrazo hasta Córdoba