Al igual que Don Quijote confundía molinos con gigantes y luchaba contra ellos con absoluta convicción para salvar a sus semejantes, algo parecido ocurre en el ámbito espiritual, donde las palabras e ideas mal digeridas se convierten en verdades incuestionables. A este fenómeno podríamos llamarlo el síndrome de Don Quijote.
Este síndrome aparece cuando se cree estar experimentando algo que la mente solo ha comprendido intelectualmente. Una idea entendida pasa a ocupar el lugar de una verdad vivida. El lenguaje sustituye a la observación y la explicación reemplaza a la experiencia directa. El mecanismo es sutil: creer que porque algo ya se sabe, ya ha sido integrado. Desde ahí, igual que Don Quijote salía a luchar convencido de su misión, el aspirante espiritual empieza a moverse en un mundo poblado de certezas que no han sido verificadas en la propia experiencia.
Uno de los terrenos más fértiles para esta confusión son las palabras grandes. Presencia, Amor, Ser, Conciencia, Dios. Palabras que señalan algo vivo, pero que, usadas sin cuidado, se convierten en conceptos cerrados. Decir “somos amor” puede sonar profundo, pero cuando esa frase se adopta como conclusión, como identidad o como punto de llegada, se transforma en una creencia y se cierra la posibilidad de vivenciarlo. Porque cualquier creencia acerca de lo que soy, por elevada que parezca, interfiere en el acto de mirar. Mirar implica no saber y sostener ese no saber incomoda mucho más que refugiarse en la repetición de una frase luminosa.
El síndrome de Don Quijote suele ir acompañado de experiencias intensas. Sensaciones de euforia, claridad aparente y estados emocionales expansivos que se interpretan como señales de avance espiritual. El punto crítico aparece en la conclusión que se extrae de esas experiencias. Cuando una emoción agradable se toma como prueba de verdad, cuando el éxtasis sustituye a la atención y el bienestar momentáneo se convierte en criterio de realización espiritual, el camino empieza a desviarse.
Otro síntoma frecuente es la necesidad de explicar, corregir o convencer a los demás. Aparece una urgencia por enseñar, por sentar cátedra, por aclarar a otros lo que es el amor, la conciencia o la realidad. Esa urgencia responde a una necesidad de confirmación. Como si al ser compartida, la idea se volviera más sólida. Don Quijote no solo luchaba contra gigantes; necesitaba que Sancho los viera también. Del mismo modo, cuando lo que se cree haber visto necesita ser propagado, argumentado o defendido con insistencia, sigue perteneciendo al terreno de las ideas. Lo que es real no necesita convencer.
Este síndrome suele ir acompañado de dispersión: mucha ingesta espiritual y poca digestión. Vídeos, charlas, frases, maestros y conceptos que se acumulan sin un trabajo sostenido de observación. Se habla de presencia y de conciencia mientras la atención salta sin descanso y cuesta permanecer con una sola cosa. Se habla de profundidad mientras se evita lo cotidiano. Igual que Don Quijote estaba intoxicado por los libros de caballería, el aspirante espiritual puede estarlo por un exceso de contenidos que no han pasado por el cuerpo ni por la vida real.
Cuando la fantasía espiritual deja de sostenerse, aparece el sufrimiento psicológico. Esa molestia no es un fallo, sino una señal de ajuste. Una invitación a soltar la lanza al descubrir que aquello contra lo que se luchaba era una imagen. Ahí se abre la puerta de regreso a la realidad. Haber sido Don Quijote también forma parte del camino.
La cura del síndrome de Don Quijote empieza cuando se está dispuesto a tirar a la basura cualquier creencia que no haya sido vivida, incluso las más bonitas. Supone renunciar a las palabras grandes y volver a lo simple. Permanecer cerca de lo que ocurre. Observar cómo se está funcionando realmente en la vida diaria y reflexionar desde ese conocimiento directo. Meditar sin buscar resultados. Mirar sabiendo que no se sabe y constatar que lo que somos se expresa al permanecer disponibles a la experiencia tal como se da, sin anticiparla ni interpretarla.
Don Quijote no estaba loco, estaba convencido. Y ahí empieza siempre el verdadero peligro. Mientras haya convicción, no hay mirada. Cuando la mirada se recupera, ya no hace falta luchar contra nada, ni demostrar ni convencer a nadie.
Más sobre el autor:
Jordi Casals
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¡Muchas gracias! Destaco de tu entrada lo siguiente:
«Este síndrome aparece cuando se cree estar experimentando algo que la mente solo ha comprendido intelectualmente. Una idea entendida pasa a ocupar el lugar de una verdad vivida. El lenguaje sustituye a la observación y la explicación reemplaza a la experiencia directa. El mecanismo es sutil: creer que porque algo ya se sabe, ya ha sido integrado.»
La razón de destacar es porque pienso que el verdadero aprender lo ofrece verse uno mismo, como alguien dice «delante del espejo», y que esto propicia la verdadera interiorización, sin que sea la mente la que masculla estas y otras cuestiones, pues creo más en la espontaneidad, que en el razonamiento de la mente ante cualquier cuestión de la vida. Yo no sé nada, o mejor dicho, trato de que saber no sea la razón de mi vida. Por ello este artículo tuyo es sencillamente maravilloso, para poder leer en distintos momentos de un día, de una semana, y que sea la reflexión silenciosa la que saca conclusiones en uno mismo, pues creo que para nada saber impele a cambiar… Gracias de nuevo. Saludos,