¿Te has dado cuenta de que a veces el pensamiento no te deja en paz? Un bucle mental se instala. Una creencia se repite: “Esto no debería estar pasando”, “No soy suficientemente buena”, “Va a salir mal”. Y por más que intentes razonar, distraerte o pensar en positivo, el malestar sigue ahí. Porque no es solo el pensamiento. Es la tensión en el pecho, la mandíbula apretada, el insomnio. Es el cuerpo sintiendo lo que la mente no para de repetir.
Y lo más inquietante no es que pase de vez en cuando. Es que así vive la mayoría de las personas, la mayor parte del tiempo. Atrapadas en lo que podríamos llamar el primer nivel de conciencia: el plano mental. Ese nivel donde todo es filtrado por las creencias que sostenemos: juicios, recuerdos, interpretaciones, anticipaciones. Donde no se vive la experiencia directa, sino la historia que la mente cuenta sobre lo que vive. Un plano ruidoso, alterado y agotador. Que no solo contamina la percepción, sino también el cuerpo y la emoción.
Lucía llevaba años ahí. Vivía con ansiedad. Dormía mal. Comía sin hambre. Le dolía la cabeza al final del día. Pensaba todo el rato. Se decía que algo tenía que cambiar, que así no podía seguir. Pero no sabía por dónde empezar. Hasta que un día, ya harta, por recomendación de una amiga, entró en un centro de meditación. No buscaba respuestas espirituales ni iluminación. Solo un lugar donde poder parar. Donde la cabeza dejara de dar vueltas. El profesor de meditación que la recibió le habló de tres niveles de conciencia: plano mental, plano sensorial y plano de la presencia. Y le propuso un experimento simple: “No intentes controlar nada. Solo siéntate y observa qué pensamiento aparece”.
Cinco minutos después, Lucía había recibido un golpe de realidad. No tenía ni idea de cuál sería su próximo pensamiento. Ni cómo frenarlo. Ni por qué su mente elegía justo ese tema, esa preocupación, ese recuerdo. Y sin embargo, todo su estado de ánimo (su postura y tensiones corporales, sus emociones, su visión del mundo) giraba en torno a pensamientos que escapaban por completo a su control. Fue entonces cuando empezó a comprender: las emociones negativas son el eco en el cuerpo de pensamientos reactivos, poco funcionales. Mientras que las emociones reales, como el asombro, la gratitud, el amor o la belleza, no tienen causa mental. Surgen directamente de un impacto sensorial. No dependen del relato. Brotan del presente.
Lo que Lucía vivía como ansiedad, tristeza o frustración no era otra cosa que el reflejo corporal de una interpretación mental. Y ahí vio que había una salida. No se trataba de esforzarse en pensar distinto, sino de dejar de vivir atrapada en el pensamiento. No se trataba de controlar la mente, sino de colocar la atención en otro sitio. En las sensaciones. El profesor de meditación le mostró que cualquier cosa a la que podamos atender (y que no sea nuestra incesante charla mental) es una sensación: sonidos, olores, el tacto, los sabores, las imágenes. La atención, como un foco, podía aprender a iluminar otros lugares. Más reales. Más silenciosos.
Al principio, su atención apenas aguantaba unos segundos en el plano sensorial. De forma casi imperceptible volvía al pensamiento. Pero cada vez se daba cuenta antes. Y cada vez que veía ese retorno automático al plano mental, algo dentro se encendía. Una mezcla de hartazgo y lucidez. Comprendía, en carne propia, hasta qué punto había sido esclava de esa forma de funcionar. Y esa comprensión activó su motivación. No para luchar contra el pensamiento, sino para cambiar de plano, del mental al sensorial, cada vez que notaba que volvía a atraparla, y recuperar su energía trayéndola de vuelta a la experiencia directa de las sensaciones.
Ahí estaba la clave: ejercitar ese músculo, el de la atención. Interesarse por las sensaciones. Desarrollar la capacidad de mantenerse en ellas. En la respiración, el contacto con el cojín, el olor del incienso. En la música suave de fondo. El profesor de meditación le dijo que esto no solo daría descanso a su mente, sino que empezaría a expandir su conciencia. Que toda esa energía que antes se perdía en darle vueltas a las cosas, el sistema podía reutilizarla para ver más, sentir más, percibir mejor. Y Lucia, por primera vez, sintió que algo distinto era posible.
Cerró los ojos. Como siempre, encontró la incesante charla que tan familiar le resultaba. Pero esta vez, algo fue diferente. Había algo en las sensaciones que la llamaba. En esa sala de meditación se sentían de otro modo. Más vivas. Más interesantes. Empezó a encontrarles el gusto. Cada vez que volvía a ellas, aunque fuera por poco tiempo, algo se aflojaba. Algo se abría. Y lo más potente no fue solo el alivio. Fue ver con claridad lo atrapada que había estado. Cómo había confundido durante años el ruido mental con la realidad. Y cómo, por fin, empezaba a tener una opción, el acceso a otra calidad de vida.
Así comenzó su práctica. Primero en la sala de meditación. Luego en casa, al despertar. Más tarde, en cualquier parte: esperando en un semáforo para cruzar en Urzaiz, paseando por la calle Príncipe, conduciendo por Vigo. El cuerpo empezó a hablarle. Sensaciones internas. Cosquilleos. Ondas. Cambios de temperatura. Los sonidos de la ciudad, que antes pasaban desapercibidos, ahora parecían rodeados de silencio. La luz en los edificios. El viento en la cara. La forma en que la mano sostenía el volante. Algo se estaba reconfigurando: del plano mental al plano sensorial. Menos pensamiento. Más percepción. Menos juicio. Más paz.
Y entonces ocurrió, el sistema nervioso empezó a responder. La ansiedad bajó. La respiración se hizo más profunda. La postura se volvió más abierta. La energía que antes se dispersaba en pensamientos repetitivos empezó a reciclarse en forma de atención, sensibilidad y claridad. No es que todo desapareciera de golpe. Es que ahora tenía una vía de salida. Un canal limpio. Un lugar donde descansar. Y por fin entendió algo que lo cambió todo: no soy mis pensamientos. No tengo que vivir en el ruido. Puedo habitar en otra dimensión.
Y así fue como Lucia descubrió que su cuerpo no era un problema que había que arreglar, sino el lugar al que volver.
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Gracias, un relato muy claro del proceso de encuentro con una misma.
Gracias, Lidia. Así es, hacia el encuentro con una misma. Un abrazo
El texto es una caricia lúcida para quien vive atrapada en su cabeza. vivir permanentemente dentro del pensamiento, creyendo que ese ruido es la realidad…
Muchas gracias, Jordi 🙏🏻
Gracias, Alicia.
Así es 🙏